Día 26 - Paz ó Poder

Tesoros Devocionales - El Poder Espiritual Charles Finney

 

 

Día 26

Paz o Poder

 

“No por la fuerza ni por ningún poder, sino por mi Espíritu”.

 

ZACARÍAS 4:6

 

 

Hay una gran diferencia entre la paz y el poder que da el Espíritu Santo al alma. Los discípulos eran cristianos antes del día de pentecostés y como tales tenían una cierta medida del Espíritu Santo. Deben haber disfrutado paz porque sus pecados fueron perdonados, y por ser justificados, pero no tenían el revestimiento del poder necesario para el cumplimiento de la tarea que les había asignado su maestro. Tenían la paz que Cristo les había dado, pero no el poder que les había prometido. Esto puede ocurrir con todos los creyentes, y precisamente aquí está el gran error de la iglesia y del ministerio. Se conforman con la conversión y no buscan hasta obtener el poder de lo alto. Por consiguiente muchos cristianos no tienen poder ni con Dios ni con los hombres. Y no prevalecen con ninguno. Se aferran a una esperanza en Cristo, y aún entran al ministerio pasando por alto la advertencia de esperar hasta ser bautizados con el Espíritu Santo.  

 

Tenían la paz que Cristo les había dado, pero no el poder que les había prometido.

 

¿Por qué ocurre esto si Cristo prometió dar el Espíritu a quienes lo pidan? ¿Por qué se ora tanto y tan pocos creyentes reciben el poder de lo alto? ¿por qué el gran abismo entre el pedir y el recibir?

Mi respuesta es que no estamos dispuestos totalmente a tener lo que deseamos y pedimos. Dios nos ha dicho con claridad que si guardamos iniquidad en nuestros corazones, Él no nos oye. Si somos auto-indulgentes, faltos de amor, enjuiciadores, auto-suficientes, resistentes a la convicción de pecado, rebeldes a confesar nuestro pecado ante quien hemos ofendido, o a quienes debemos hacer restitución, ¿qué podemos esperar? Si somos prejuiciados e insinceros, negativos, deshonestos, atrapados por ambiciones mundanas, le causamos agravio al Espíritu Santo. Apagamos el Espíritu con nuestras persistencia en justificar lo incorrecto, descuidando la oración y el estudio de su palabra, resistiendo sus enseñanzas y rehusando consagrarnos enteramente a Dios. El último y el mayor de los pecados: con nuestra incredulidad insultamos a Dios rehusándonos a esperar recibir lo que Él ha prometido. ¡Qué blasfemia acusar a Dios de mentiroso!

 

Padre, nunca puedo dejar darte gracias por la paz de corazón que viene al saber que mis

pecados son perdonados. Pero, Espíritu de Dios, yo sé que esto es solo el comienzo de tu

obra. Lléname con la vida divina que impacta al mundo y produce alabanza para ti. Amén.